LA INERCIA MEDICA

Mantente informado con los últimos comunicados y análisis técnicos que impactan directamente a los médicos en Colombia.

5/8/20243 min read

Hablando con mi compañera Sara sobre la situación actual del gremio, nos preguntábamos en el porqué de la situación: ¿Por qué, a pesar de que cada día el sistema nos está presionando más y más, seguimos tan inmóviles? ¿Por qué esperamos más de otros sin movernos nosotros mismos? ¿Por qué estamos tan cómodos con la situación actual? ¿Por qué no participan en nada? ¿Qué esperan de los que luchamos si, cuando pedimos su más simple apoyo como compartir una publicación en redes sociales, no lo hacen? Es ahí donde Sara, en su sabiduría digna de su elocuencia y conocimiento, me hablaba de un tema muy particular: “la inercia médica”.

La inercia médica, término acuñado por primera vez por Andrade et al. (2024) en un artículo llamado “Manejo de la hipertensión: la brecha asistencial entre las guías clínicas y la práctica clínica”, habla sobre las oportunidades de mejora en pacientes con hipertensión crónica; dice que la inercia terapéutica es el fracaso de los médicos al iniciar o intensificar un tratamiento necesario para pacientes que no alcanzan sus metas de salud porque creen que así está mejor que reforzar el manejo; es decir, la ley del mínimo esfuerzo.

Realmente no entendía el término, me negaba a hacerlo, ya que para mí el paciente es mi prioridad máxima, no solo porque lo veo como una persona, sino como un ser fundamental en una familia y que de su bienestar depende el bienestar completo de toda su familia, hablando desde la atención primaria en salud. Por eso siempre he sido exigente en lograr las metas propuestas con mis pacientes y veía que mis compañeros me gozaban porque imprimía glucodiarios para mis pacientes diabéticos, estilos de vida para mis pacientes de riesgo cardiovascular y siempre les entregaba sus hojitas así ya las tuvieran; y mis colegas, en un tono sarcástico y displicente, me decían: “Ni traen el glucodiario, ¿pa' qué hace eso? Eso es perder el tiempo”. Es aquí donde entendí la inercia médica, pero ahora quiero extender el término y llamarlo “inercia gremial”, algo más profundo: no es solo el fracaso, es la derrota del gremio al intentar hacer algo para mejorar las condiciones actuales del sistema y de los pacientes, y no hacerlo por pensar que ya todo está hecho o que nada va a hacer el cambio, y que no solo está en los médicos, sino en todos los actores del sistema.

Esta semana, en un hospital de mediana complejidad de Medellín, mientras acompañaba a un familiar, identifiqué la inercia completa: una señora muy cortés, con una tranquilidad propia de alguien con miedo y nervios, le solicita una camilla al portero, ya que su familiar, una señora de aproximadamente 60 años, convulsionó, vomitó y quedó inconsciente (la traía en brazos entre varias personas). El portero dijo: “No tengo camilla”, “tengo una silla de ruedas (inercia)”, “pero no me puedo mover de la portería (indolencia)”. Finalmente, un camillero de una ambulancia que esperaba le prestó la camilla y la subieron a recepción; ahí se repite la inercia: la de admisiones, interesada en su labor más que en la emergencia, insistía en que necesitaba un documento para hacerle el ingreso, y no fue sino hasta que le entregaron ese bendito documento que llamó al enfermero de triaje. Continuó la inercia: el enfermero la mira por la ventana de recepción y, con la frialdad que produce atender urgencias, dice: “Ya voy”. Tres minutos pasaron y la tranquilidad entró primero; luego él, impulsado por un grito mío de “¡Hermano, rápido, vea cómo está la señora!”.

Es ahí donde entendí la inercia en su esplendor. Tenemos un sistema fallido, sin ánimo de que lo quieran organizar, porque volvieron la salud un producto adherido a una transición política, que es la bajeza más grande de los que nos gobiernan; y nosotros, todos como actores del mismo sistema, entramos en la inercia del sistema, que no es más que el fracaso de nuestro quehacer y la derrota del paciente que ingenuamente esperaba mucho de nosotros, cuando ya nosotros no esperamos nada ni de nosotros mismos.

Hoy no tengo fe en el gremio, ni en el sistema, ni en los gobiernos; hoy no tengo fe ni en mí. Tengo un sueño de que, cuando yo sea paciente, no sea víctima de la inercia del gremio, del sistema y del ser humano que me atiende.